
Lo mío con las setas ha sido una relación de amor/odio, que va escorándose hacia el odio puro y duro a medida que lo que era una actividad free-lance se está convirtiendo en un sucio negocio hiperregulado. Ya he dejado escrito (en EL MANIFIESTO) que la virtual ausencia de setas desde que las diversas administraciones decidieron (en Soria, me refiero) cobrar por el tema, es algo así como un castigo divino. Por cierto, y salut les copains, me acaban de traducir mi cuento: "Jack, el buscador de setas" al inglés. Aparacerá (si no ha aparecido ya) en la revista THE RIPPEROLOGIST (nota mental: abrir un blog sobre Jack el Destripador). "Jack, the muhsroom hunter" (el traductor dudó entre hunter y collector, yo había escrito "searcher", pero, por lo visto...). Bueno, el tema es que el Destripador era un buscador de setas y los asesinatos eran su reacción (un poco extrema, convengámoslo) a sus frustracciones. Es que a mí me ha pasado, oigan. Pero no nos vayamos del tema. Las ilustraciones del álbum de Nestlé sobre micología eran siniestras, ominosas al menos. Y es que el tema de las setas, los bosques humbríos, los enanitos viviendo en amanitas, molar, mola, pero yuyu... da bastante ¿no? ("¿Quién ha visto, si temblar, un hayedo en un pinar?", quizá los versos más crípticos del jodío Machado, que yo creo que va en clave shakesperiana, Macbeth y el bosque de Dunsinade, o algo, o algo).